Vacíos 

Salía del estanco rumbo a tomar un taxi cuando se tropezó con un pedazo de cemento salido de la vereda. Se mordió la mano para contener el grito de dolor.

Se acercó rápidamente y lo abrazó, sin preámbulos. Le preguntó si se encontraba bien, aunque sonaba irónico. Se sintió un poco tonta luego, pero su espontaneidad le hizo nacer una mueca parecida a una sonrisa.

Caminaron un poco más, se apoyaba en ella para poder avanzar y se detuvieron en la entrada de una casa a revisar su pie. Estaba sangrando un poco y ya había comenzado a hincharse. “Necesitamos hielo” dijo. “Espera aquí, ya regreso”. Entra al bar de la esquina y regresa con una cubeta y un repasador, se lo envuelve y se lo apoya delicadamente. Suelta un quejido oprimido por la valentía pero le duele muchísimo, el golpe ha sido fuerte. La mira y le agradece. Tiene una mirada dulce, aniñada, como salida de un cuento. Lleva un vestido azul a lunares y una vincha hacia el costado. Su pelo color caoba le llega hasta el cuello. El dolor le recuerda que está despierto. “Lo siento” le dice, “tengo que irme, mi madre va a enloquecer si no regreso a casa”. Menti. “Está bien pero por favor tómate un taxi, no te puedes ir así en andas”.

Es todo lo que puedo recordar de aquella noche. No pude ni preguntarle como se llamaba. Cuando me acuerdo de ella la llamo Carlota, creo que ese nombre le quedaría bien. No me pude olvidar de esa chica. He vuelto a esa cuadra infinidad de veces, con esperanza de cruzarla, por casualidad, como aquél día.

Luego de esto nada me ha pasado, no tengo casi historias que contar. Mis interacciones con otros seres humanos son poco interesantes y hasta estresantes. Paso los días trabajando y cuando llego a casa trabajo aún más. Salgo a correr por las noches y alguna que otra vez juego al pull con antiguos compañeros de la uni o cocino algo para salir de la rutina del delivery. Soy bastante tranquilo y ermitaño por momentos. De hecho, la noche que conocí a Carlota, había sido excepcional para mí comer fuera. Normalmente lo hago si ha venido mi hermano con su mujer y los niños pero vamos al árabe del barrio para luego terminar sentados en un banco de la plaza frente a la fuente. Así casi siempre.

Vamos, que mi vida no es ningún candombe.

El teléfono llevaba sonando un largo rato, lo escuchaba desde la ducha. Luego de tanta insistencia por fin llego a cogerlo. Eran los del banco, llamaban decirme que, si seguía interesado en el crédito, tenía que presentarme en la sucursal mañana mismo.

Me levanté apresurado, cogí el bolso, una manzana que quedaba en la frutera y subí al coche. Palpé los bolsillos cerciorándome tener la billetera con los documentos. Llego a la oficina del Banco y me piden que espere, que el agente vendría a atenderme en unos minutos. Me miré las uñas y mientras me arrancaba un pedazo de piel con los dientes apareció ella……si, ELLA, Carlota, la chica que me había ayudado aquella vez. La misma que soñaba encontrar cada noche. Creo que en ese momento me quedé inmóvil. Pensé a modo de retrospectiva en aquél día, no sabía si era ella o alguien que se parecía mucho. Tiene que ser pensé. Tiene sentido, algún día esto iba a pasar. Cuando salí del trance no pude mucho más que presentarme y darle la mano. Me dijo que se llamaba Estefanía Rojas y sería la encargada de hacer los papeles para que me den el crédito.

Mientras escribía mis datos que yo iba repitiendo casi mecánicamente la observaba, esta vez tenía flequillo y eso me confundía un poco, no podía verle bien la cara, los ángulos, además llevaba una especie de uniforme muy oscuro. Total, que ella no sabía quien era yo, ni yo sabía muy bien si ella era realmente “Carlota”. El nivel de adrenalina que tuve por unos instantes se redujo a cero y pasé a sentirme completamente deprimido en un par de minutos. Toda la ilusión de volver a verla junto con lo mágico que había imaginado que sería se apagó en unos instantes. Llenó papeles un rato más, mientras a mí se me vaciaba la vida.

Amagué con llamar a mi hermano y contarle lo que me había pasado, pero tenía que entretejer toda la historia y no estaba de humor para eso. Aparqué el coche en la plaza antes de llegar a casa, recliné un poco el asiento y me puse a llorar, como un crio. Golpeaba con todas mis fuerzas el volante hasta que me dolieron las manos y paré.

Entró y todo parecía estar en su lugar. Las persianas medias bajas y las cortinas abiertas llenaban de claridad el lustroso piso de madera. Dejó las llaves sobre la mesa y se dispuso a acomodar las bolsas que había traído con frutas para la semana. Encendió la radio en un volumen bajo. Se sacó los zapatos y caminaba descalzo sintiendo el crujir del piso con sus desplazamientos.
Al rato, con la música aún de fondo, se queda entre-dormido en el sillón. Despierta intempestivamente al golpearse la puerta contra la pared. Un fuerte viento irrumpe anunciando una tormenta.

F.K.

 

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