Manos bordadas

Yacía como entumecida en la cama. Podía verse la silueta de su cuerpo casi sin movimientos marcada por debajo del edredón.
Cada tanto podía oírse un suspiro profundo. Eso daba cuenta que aún estaba entre nosotros.
Sus manos frías y tiesas bordadas con hermosas arrugas de piel que aún mantenían el color vivo.
Hablaba entre dientes y hacia pequeñas muecas parecidas a una sonrisa a la vez que recordaba su niñez. Su lucidez era brillante. Podía recordar el uniforme del colegio y en que banco se sentaba en primaria. Su maestra de cuarto grado y el aroma a mate cocido de la tarde.
Vivía pupila en un colegio de monjas junto a otras diez niñas. Tenía buenas memorias de entonces y fue allí que descubrió su vocación por la cocina.
No puedo recordarla más que con el delantal puesto para todos lados y ese olor a masa casera que se sentía ni bien cruzar la puerta de entrada.
Pasaba las tardes con la tv encendida que le hacía compañía.
En verano, la vereda era el lugar por donde desfilaban los personajes del barrio que solían pasar a saludarla.
Verla así me destrozaba el alma. Intenté quedarme con sus últimas caricias. Amaba el tacto de sus manos. Es todo lo que me quedé de ella.
Ahora me visita en sueños y me dice que todo va a estar bien.
Yo la abrazo como poco pude hacerlo.
Despierto con una lágrima que rueda hasta los labios.

F. K.

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