Vestigios

Sentado en el cordón de la vereda con la cabeza entre sus piernas observaba el barro incrustado en sus zapatos. Sus ojos se llenaron de lágrimas, un líquido espeso caía de su nariz respingada.

Se sentó a su lado, lo tomó del hombro con un apretón abrumante, le levantó el mentón para encontrarse con su mirada cristalina llena de dudas y apretó sus labios en signo de aprobación.

Volvía a ese momento en una abrigada siesta sobre el sofá, en un día que, como tantos otros, había dormido poco y extremadamente incómodo.

Parecía ser que estas circunstancias llevaban a su insconciente a un estado rememorativo muy particular, pues esa escena de hacía años le venía como un reflujo.

Se refregó los ojos, apoyó los pies en la alfombra  y observó el porta retrato con la foto de su madre y su tía que posaban almidonadas frente a un banco del colegio militar.

Cogió el bolso marrón colgado en el perchero y con un tímido golpe en la mesa advirtió que se retiraba.

A unas cuadras estaba la plaza Vecchia en donde acostumbraba sentarse al sol y leer el periódico los domingos. Era un ambiente agradable en donde no tenía que simular ningún estado ni entablar conversación obligada con nadie.

Toma asiento a su lado, el aroma a ese perfume denso y pesado llegaba hasta su nariz sin intentar una respiración profunda. Gratamente se encontró sonriendo y voltea para verle en detalle. Portaba unas gafas negras enormes que le cubrían la mitad de la cara, por lo que se concentró en su boca prolijamente coloreada con un labial rojo brillante. Llevaba unos guantes negros con ribetes blancos y una falda oscura que tocaba sus anchas rodillas. Tacones de charol y un bolso un tanto desgastado. Miraba impacientemente de un lado a otro.

Siguió con la mirada en la página de deportes no sin relojear de cuando en cuando las piernas vecinas.

Al cabo de unos minutos ella se levanta  y sale caminando fugazmente en dirección al correo. Ve que cae de su falda un guante y corre a buscarlo para alcanzárselo pero sin éxito. Esas piernas iban demasiado ligero para su trabada cadera.

Permanece sentado un rato más a la espera de que regrese….está anocheciendo y su pobre vista no distingue las figuras.

Rendido, debate si dejarlo encima del banco o llevarlo a casa. Lo examina y ve por dentro un bordado con el nombre “Rosa”. Le da ternura, lo guarda en el bolsillo y se va.

Durante un buen rato imagina la vida de esa extraña, vuelven las imágenes del barro en sus zapatos en aquella calle de Agrigento. En el porche espera la gata maullando reclamando alimento.

Puede verse a través de la ventana una figura humana que reposa tiesa con la vista hacia el horizonte, esperando la llegada de alguien, aguardando algunos tintes de la nada.

Inaugura una lluvia fina de primavera, ese olor a pasto mojado mezclado con la emanación de la polución urbana.

F.K.

 

 

 

 

 

 

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